Ground Zero

Un sitio emotivo bajo la zona cero.

La sensación es surrealista. El movimiento y la intensidad de la ciudad que nunca duerme se desvanece a medida que te acercas a la zona cero. La construcción de alrededor desaparece a medida que la piscina Sur aparece frente a tus ojos. De pronto te encuentras rodeado por cientos de turistas, dos edificios completos y uno en construcción del nuevo World Trade Center, y un sinnúmero de flashes de fotografía. Al menos eso es lo que se podría decir en un día normal.

Todos en Estados Unidos recuerdan lo que estaban haciendo el 11 de Septiembre. Al menos eso es lo que dicen. Yo no. Yo tenía nueve años de edad cuando ocurrieron los ataques terroristas. Vivía en Ciudad Juárez, una ciudad fronteriza en México. Lo que yo entendía, era que algo malo había sucedido en los Estados Unidos, y las líneas para cruzar la frontera ahora eran de tres horas de duración, en lugar de veinte minutos. Cruzando a las 5 de la madrugada u 11 de la noche el día anterior se convirtió en una rutina semanal si deseabas cruzar al país vecino. Así es como yo veía el 11 de Septiembre del 2001, hasta ahora.

Estar presente en la Zona Cero quince años después del secuestro de cuatro aviones comerciales fue diferente a cualquier otro día. No había sólo los turistas, sino también miembros de familia, amigos y víctimas. La sensación era contagiosa y la tristeza inevitable. Mientras estaba allí viendo la cascada de la piscina Sur, una mujer vino a mi lado y se enfoco en uno de los cientos de nombres perforados en el concreto, con una flor en su mano, y lágrimas cayendo de su rostro. Su dolor y sufrimiento recorrieron mi cuerpo y por primera vez entendí lo que significaba la zona cero. El monumento no era sólo un anzuelo para turistas, sino un lugar para que las personas recordaran a sus seres queridos, para visitarlos, darles paz, y para aceptar que ya no estaban con ellos.

Caminé hacia la estructura angular conformada de metal y vidrio que sobresalía de entre los árboles, el Museo Nacional del 11 de Septiembre. Me encontré con un cristal lleno de manchas de multitudes de gente que colocaban sus manos en el cristal intentando conseguir un vistazo del museo. Detrás de este se podían apreciar dos columnas restantes y oxidadas de las torres gemelas originales. Despues de pagar la tarifa de $24 USD entre al museo.

La visita inicia al bajar una larga escalera eléctrica que te permite apreciar las dos columnas restantes de las torres gemelas originales desde el interior del museo, así como el nuevo grupo de curiosos viendo a través del cristal. La primera mitad del museo es arte relacionada con el 11 de Septiembre. Con la excepción de algunas banquetas de concreto, columnas y escaleras que habían sido recuperadas del sitio original, no hay historia o hechos. Pequeñas señales colocadas estratégicamente alrededor del museo trazan las vías de evacuación de las víctimas, así como el perímetro de las antiguas torres gemelas. El resto son fotos de las víctimas, las voces de sus familias, grabaciones, y objetos que pertenecieron a ellos. Con esto, el museo se convierte en algo sumamente íntimo, sin importar que las personas que entran son completamente extranjeras a la situación.

Justo cuando parece que llegas al fin del museo, cuando piensas que haz visto todo lo que hay por ver, entras a una última sección. Esta está compuesta de espacios dedicados a los hechos del 11 de Septiembre, hora tras hora, minuto tras minuto, hasta el más mínimo detalle. La hora en la que los aviones despegaron, cuando los asistentes de vuelo alertaron al personal en tierra que el avión había sido secuestrado, cuando se mandaron transmisiones por accidente, cuando los aviones se estrellaron contra la primera y la segunda torre del World Trade Center, la duración de las evacuaciones, la hora en que las torres se derrumbaron, el ataque al Pentágono, y todos los detalles restantes que sucedieron antes, después, y durante los ataques. Era aterrador cómo algo tan grave podía ocurrir en los Estados Unidos. Y aún más, como personas inocentes abordaron un avión sin saber el destino que les esperaba.

El museo es atractivo y esta bien diseñado. No sólo es un edificio magnífico, pero la ruta que una persona tiene que tomar a travez del museo es bastante peculiar. Después de conocer las víctimas, ver sus caras, aprender lo que estaban haciendo ese día, y seguir el camino que ellas mismas intentaron seguir para llegar a un lugar seguro, te enfrentas con los hechos. Aprendes de la planificación y ejecución de los actos terroristas que mataron, hirieron y afectaron a miles de personas inocentes ese día. Y al final del recorrido vez las caras de estos terroristas: Diecinueve hombres del Medio Oriente.

El terror y enojo que te recorre al ver estas caras es indescriptible. ¿Acaso estas fotos están estratégicamente ubicadas al final del museo para causar tal sentimiento en las personas? ¿Acaso Estados Unidos quiere que pensemos de cierta manera hacia estas personas? Es una locura pensar que alguien haría esto a propósito, y sin embargo, no es una idea tan absurda. Por primera vez en mi vida, senti temor al ver a una persona del Medio Oriente. Despues de ver las fotos al final del museo, es inevitable pensar, que tal vez este museo tiene mas de un objetivo.

El terrorismo se define como el uso de actos violentos para asustar a las personas en un área, con el fin de lograr un objetivo político. Los atentados del 11 de Septiembre del 2001 logro aterrorizar millones de personas ese día, logrando su objetivo. Quince años después, el museo del 9 de Septiembre sigue haciendo exactamente lo mismo.

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