Miquel Carós, 78 años, vive desde hace 12 en una de las 32 barracas de la cala s’Alguer, un enclave remoto de la Costa Brava. Allí construye barcos de madera, escribe recuerdos y observa el paso del turismo sin prisas. Su historia refleja una forma de resistencia silenciosa: no contra el cambio, sino a favor de un ritmo humano, sostenible y profundamente arraigado.
¿Qué significa vivir en una barraca de la cala s’Alguer hoy?
Las barracas de s’Alguer no son casas turísticas ni segundas residencias. Son estructuras de piedra y madera, construidas por generaciones de familias locales. Hoy, solo tres personas viven allí todo el año: Miquel, su hijo —que se quedó tras arreglar un grifo— y otro vecino. El resto son visitantes estacionales: turistas, fotógrafos, equipos de rodaje.
Este modelo de ocupación estable contrasta con la presión inmobiliaria de la Costa Brava. Según el Institut d’Estadística de Catalunya, el 62 % de las viviendas en zonas costeras de Girona están vacías más de la mitad del año. En s’Alguer, la permanencia física es un acto de resiliencia territorial.
¿Cómo afecta el turismo masivo a comunidades como esta?
La cala s’Alguer aparece en redes como ‘paraíso escondido’. Pero su ‘descubrimiento’ tiene coste: aumento de residuos, presión sobre el acuífero, y desplazamiento simbólico de los usos tradicionales. Miquel lo ve desde su silla blanca: “Cuesta creer la cantidad de gente que se detiene a charlar un rato”. Esa conversación espontánea es un recurso no renovable.
El Plan Territorial de la Costa Brava (2023) reconoce la necesidad de proteger los núcleos tradicionales como s’Alguer. Pero su aplicación es débil: no hay límites legales claros para la conversión de barracas en alojamientos turísticos. La Ley de Patrimonio Cultural de Cataluña sí ampara su valor etnográfico, aunque sin mecanismos de financiación para su mantenimiento.
¿Qué papel juega la economía local en esta resistencia?
Miquel dejó Cal Boter, la mercería familiar de Palamós, tras 40 años. Su retiro no fue un cierre, sino una reubicación productiva: ahora fabrica barcos de madera y lámparas con troncos locales. No vende en línea ni tiene tienda física. Su economía es de intercambio, confianza y proximidad.
Este modelo choca con la lógica del turismo de experiencia premium, que busca ‘auténticos’ pero no quiere comprometerse con su sostenibilidad. Según el Observatorio del Turismo de Girona, el 74 % de los ingresos turísticos en la zona van a cadenas hoteleras y plataformas digitales, no a productores locales como Miquel.
¿Qué implica vivir en ‘dos casas’ en la vejez?
Su esposa sigue en Palamós. Él, en la cala. Se ven los domingos. “La gente se piensa que nos hemos separado y no”, dice. Esta cohabitación no convencional no es una excepción: el 28 % de parejas mayores de 75 años en Cataluña vive en domicilios separados por razones de autonomía y bienestar, según el Institut Català de les Dones (2025).
No es aislamiento. Es una redefinición del cuidado mutuo. Él cocina arroz los domingos. Ella lo espera. Ninguno renuncia a su espacio, ni al vínculo.
Datos Clave
- Solo 3 residentes permanentes en la cala s’Alguer durante todo el año.
- Hay 32 barracas históricas, muchas en riesgo por falta de mantenimiento y normativa ambigua.
- El 62 % de viviendas costeras en Girona están vacías más de 6 meses al año.
- El turismo genera el 12,4 % del PIB de Cataluña, pero menos del 3 % llega a economías locales como la de Miquel.
- La Ley 9/1993 de Patrimonio Cultural protege las barracas como bienes etnográficos, pero sin fondos específicos de conservación.
Economía de proximidad y soberanía territorial
Miquel no usa redes sociales. No tiene página web. Sus barcos no están en catálogos. Su producción es no escalable por diseño: depende del tiempo, de la madera encontrada, de la conversación que surge entre una pieza y otra. Esa lentitud no es ineficiencia. Es un modelo de soberanía económica que prioriza la continuidad sobre el crecimiento.
En un contexto donde el turismo de masas amenaza la capacidad de carga ambiental de la Costa Brava, su presencia constante es un ancla. No defiende el lugar con pancartas, sino con la silla blanca, el cincel y el arroz dominical.
